Mis amigos...

domingo, 16 de febrero de 2014

La Lección de la Vaca





Cuenta la leyenda que un viejo sabio que junto con sus dos discípulos recorría los campos enseñando las lecciones básicas de la vida.
Llegaron a un campo desolador, triste y muy pobre.
El sabio se dirigió a la casa una casa muy pobre, desvencijada, casi en ruinas, y pidió para pasar la noche ahí.
En esa casa vivía una familia extremadamente pobre, compuesta por un hombre ya mayor, su mujer y sus hijos casi adolescentes.
Los discípulos, acostumbrados a ver pobreza, se sorprendieron de la forma tan miserable en la que esta familia vivía.
El jefe del hogar les explicó que no podía compartir con ellos la escasa comida, y que en la casita apenas cabían ellos. Pero el viejo sabio insistió y quedaron alojados en el pequeño establo para pasar la noche, donde solo había una vieja vaca flaca.
Era vaca era el único sustento de la familia ya que la ordeñaban todos los días, y era su poca leche todo el ingreso con que contaban.
Cuando aún no había amanecido el sabio despertó a los ...discípulos y les pidió tirar la vaca por el precipicio cercano, estos no muy convencidos de lo que estaban haciendo y después de cuestionarse un poco, lo hicieron y la vaca termino sus días en el fondo de dicho precipicio, y luego se marcharon antes de que el sol apareciera en el horizonte.
Los discípulos un poco preocupados, se cuestionaban el por qué esa acción tan terriblemente cruel y de qué viviría ahora esa pobre familia.
A los dos años volvieron a pasar por ese campo y apenas pudieron reconocer la casa. Estaba ahora arreglada, mas grande, pintada, en el establo había tres vacas y la huerta estaba totalmente sembrada.
Al acercarse los discípulos y el viejo sabio y preguntarle al hombre que es lo que había sucedido como se había dado este cambio este les relató lo que había pasado.
“Después que ustedes se fueron ocurrió una gran tragedia, nuestra vaca se salió del corral y se mató al caer por el precipicio”.Y les contó las angustias de quedar sin el magro sustento y cómo no les quedó más remedio que ponerse a trabajar para otros granjeros, y aprendieron a sembrar su huerta.
Descubrieron que comían mejor, y al vender lo que sobraba, pudieron comprar tres nuevas vacas y arreglar el corral y la casa.
El viejo sabio miró a los alumnos. Comprendió en su sonrisa que habían aprendido la lección.




Muchas veces no nos damos cuenta de lo negativo que puede ser para uno tener esa Vaca atada y dándonos lo suficiente para sobrevivir, y nuestros miedos nos impiden tomar las decisiones correctas para seguir superándonos en la vida, y seguir avanzando en ella

martes, 7 de enero de 2014

Poco a poco

Poco a poco todo en mí cambió. Al principio casi no lo noté, pero una mañana a fines de setiembre caí en la cuenta: el tiempo iba pasando y yo no conseguía hilar las palabras necesarias para armar algunas frases coherentes que pudieran formar parte de una poesía o algún cuento. Pensé que quizás esta rutina, a la que tuve que acostumbrarme de nuevo, luego de tantos cambios abruptos, fue borrando lentamente el lenguaje que había guardado en los cajones oscuros y poéticos de los recuerdos. Mi vida se volvió muy aburrida. Intenté representar a través de un dibujo, algo acerca de ese estado que me mantenía en ese entumecimiento mental, pero no conseguí hacerlo.
Para recobrar el sabor que tenían las palabras para mí, me propuse leer una novela de un famosísimo autor, antes mi favorito, pero irremediablemente y sin darme cuenta, apenas leía dos líneas, dejaba olvidado el libro en algún lugar de la casa. Incluso dejó de importarme lo que decían las personas que me rodeaban y fueron ausentándose, una por una hasta que ya no hubo nadie a mi alrededor. No sentía soledad, en realidad deseaba estar sola. Como si alguien -que no era la que yo era- hubiese usurpado mi cuerpo, y ya dentro de mí, estuviera ocupado recopilando mis pensamientos, los licuara y los drenara hacia el vacío, suprimiendo lenta, pero incansablemente todo aquello que alguna vez fue tan importante en mi vida.
Y así sigo, sin reconocerme en los espejos. Y es por eso que cada día espero que vuelvas, para poder recuperar las palabras que te llevaste de mi. Si algún día regresas, tal vez en el silencio de tu mirada descubra el lenguaje necesario para decirte que te amo como nunca amé a nadie más.









jueves, 3 de octubre de 2013

Una historia china....





Admiro las historias chinas son mi debilidad, siempre tienen moralejas que te llegan tan profundo como si fuesen clavadas por una espada....

Erase una vez un anciano que tenía un caballo para que lo ayude a labrar la tierra y poder cultivar su campo. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano se acercaban para darles las condolencias y lamentar su desgracia, el anciano les dijo: -¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?

Una semana después, el caballo volvió con una manada de caballos salvajes; tantos que aquella miserable finca paso a ser una de las que mas animales poseía. Entonces los vecinos felicitaron al anciano por su buena fortuna. Este respondió de idéntica forma: -¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quien sabe?

Cuando el hijo del anciano intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió la pierna. Todo el mundo consideró eso como una desgracia. No así el anciano que se limito a decir una vez mas: -¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quien sabe?

Una semana mas tarde, el ejercito entró al poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del anciano con la pierna rota, lo dejaron tranquilo ¿Habia sido buena suerte? ¿mala suerte? ¿Quien sabe?

Todo lo que a primera vista parece un contratiempo puede ser el disfraz del bien , ya decía aquel viejo refrán, tan viejo pero tan usado “Las apariencias engañan”. Y viceversa: Todo lo que parece bueno a primera vista puede terminar siendo algo dañino que puede dejar cicatrices para toda la vida.

Seriamos más sabios si dejáramos de juzgar las cosas de buenas a primera y agradeciéramos las cosas que se convierten en bien, aunque en principio no lo parezcan.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Dale vida a tu alma


En términos prácticos y reales, nos enfermamos cuando en lugar de expresar lo que sentimos, pensamos o deseamos, lo callamos y lo reprimimos. Cuando dejamos de lado nuestros deseos por cumplir expectativas de los demás. Cuando olvidamos nuestros sueños por cumplir la rutina aceptando vivir sin pasión la vida. De cierta forma, nos enfermamos, cuando vamos en contra de nosotros mismos.

Venimos de una sociedad que nos enseña a someternos, a callar, a vivir bajo un cartabón que no acepta nuevos caminos, que nos uniforma el alma, que nulifica nuestros corazones y crea una mente programada para pensar poco y obedecer mucho. Una sociedad que nos enseña que la enfermedad se cura con el doctor, a través de medicamentos que no permiten seguir “aguantando” las mismas circunstancias que nos enferman, como un anestésico que nos convierte en seres robotizados, desconectados de nosotros mismos.

Millones de personas, en la actualidad, consumen vitaminas, cafeína o bebidas energizantes para poder soportar largas horas de trabajo, desgaste y desvelos, llevando el cuerpo físico a extremos que después, nos pasarán factura ¿no se nos ocurre pensar que lo lógico y natural sería disminuir el desgaste, en lugar de obligarnos a dar más de lo que nuestro cuerpo puede? Escuchar nuestro cuerpo, dormir cuando estamos cansados, comer cuando tenemos hambre. Seguir nuestro ritmo, no el que nos obligan a seguir.

Las flores de Bach, la Aromaterapia o los masajes no están creados para ayudarnos a liberar tensiones hoy para mañana regresar a la vida que nos crea esta tensión. No son un anestésico más. Ni la depresión ni la ansiedad, se podrán liberar cuando estamos tomando decisiones equivocadas.

La sanación no es tan complicada, tiene que ver con regresar a lo esencial, aprender a escuchar nuestro cuerpo, basta con que nos sintonicemos con nosotros mismos y dejemos de darle prioridad al mundo exterior, para comenzar a priorizarnos nosotros, no a través del ego, sino a través del amor, eligiendo lo que hace vibrar al alma.

¿Ya tienes identificado lo que llena de vida a tu alma?






Por: Harumi Puertos

jueves, 5 de septiembre de 2013

Lo que creemos ser


Nuestro sentido de lo que somos determina cuáles han de ser nuestras necesidades y las cosas a las cuales les atribuiremos importancia en la vida; y todo aquello que nos parezca importante tendrá el poder de perturbarnos e irritarnos. Esto se puede utilizar como criterio para descubrir hasta qué punto nos conocemos a nosotros mismos. Lo que nos importa no es necesariamente lo que expresamos ni aquello en lo cual creemos, sino aquello que se manifiesta como serio e importante a través de nuestros actos y de nuestras reacciones.

Entonces conviene preguntarnos:
“¿Cuáles son las cosas que me irritan y me alteran?” Si las nimiedades tienen el poder para molestarnos, entonces eso es exactamente lo que creemos ser: un ser insignificante. Esa será nuestra noción inconsciente. ¿Cuáles son las cosas insignificantes? En últimas, todas las cosas son insignificantes, porque todas las cosas son transitorias.

Podemos decir, “sé que soy un espíritu inmortal”, o “estoy cansado de este mundo de locos y lo único que deseo es paz”, hasta cuando suena el teléfono. Malas noticias: hubo un colapso de la bolsa de valores; se dañó el negocio; se robaron el automóvil; llegó la suegra; se canceló el viaje; se canceló el contrato; el compañero se ha ido; piden más dinero; dicen que es culpa nuestra. Entonces se levanta en nuestro interior una oleada de ira o ansiedad. La voz se torna dura: “no soporto más esto”. Acusamos, culpamos, atacamos, nos defendemos o nos justificamos, y todo eso sucede en piloto automático.

Obviamente hay algo más importante para nosotros que la paz interior que pedíamos hace un momento, y tampoco somos ya un espíritu inmortal. El negocio, el dinero, el contrato, la pérdida o la amenaza de pérdida son más importantes.

¿Para quién? ¿Para el espíritu inmortal que dijimos ser?

No, para mí. Para ese pequeño yo que busca la seguridad o la realización en cosas transitorias y que se enoja o se pone nervioso cuando no las encuentra. Bueno, por lo menos ahora sabemos quiénes creemos ser realmente.
Si la paz es realmente lo que deseamos, debemos elegir la paz. Si la paz fuera más importante para nosotros que todo lo demás y si supiéramos de verdad que somos espíritu en lugar de un pequeño yo, no reaccionaríamos sino que nos mantendríamos totalmente alertas frente a situaciones o personas difíciles.

Aceptaríamos inmediatamente la situación y nos haríamos uno con ella en lugar de separarnos de ella. Entonces, a partir del estado de alerta, vendría la reacción. Sería una reacción proveniente de lo que somos (conciencia) y no de lo que creemos ser (el pequeño yo). Sería entonces una respuesta poderosa y eficaz que no convertiría a la persona o a la situación en enemiga.

El mundo siempre se encarga de que no nos engañemos durante mucho tiempo acerca de lo que pensamos ser, mostrándonos las cosas que realmente nos importan. La forma como reaccionamos ante las personas y las situaciones, especialmente en los momentos difíciles, es el mejor indicador del conocimiento real que tenemos de nosotros mismos.
Mientras más limitada y más egotista sea nuestra idea de nosotros mismos, más atención prestaremos y más reaccionaremos ante las limitaciones del ego, ante la inconsciencia de los demás.

Los “defectos” que vemos en los otros se convierten, para nosotros, en su identidad. Eso significa que veremos solamente el ego en los demás, reforzando así el nuestro. En lugar de mirar “más allá” del ego de los demás, fijamos nuestra atención en él. ¿Quién ve el ego? Nuestro ego.

Las personas que viven en estado profundo de inconsciencia experimentan el ego viendo su reflejo en los demás. Cuando reconocemos que aquellas cosas de los demás que nos producen una reacción son también nuestras (y a veces sólo nuestras), comenzamos a tomar conciencia de nuestro propio ego. En esa etapa es probable que también nos demos cuenta que les hacíamos a los demás lo que pensábamos que ellos nos hacían a nosotros. Dejamos de considerarnos víctimas.

Puesto que no somos el ego, el hecho de tomar conciencia de él no significa que sepamos lo que somos: sólo reconocemos lo que no somos. Pero es gracias a ese conocimiento de lo que no somos que logramos eliminar el mayor obstáculo para llegar a conocernos realmente.

Nadie puede decirnos lo que somos. Sería apenas otro concepto más, incapaz de cambiarnos. No hace falta una creencia para saber lo que somos. En efecto, todas las creencias son obstáculos. Ni siquiera necesitamos alcanzar la realización, porque ya somos lo que somos. Pero sin la realización nuestro ser no puede proyectar su luminosidad sobre el mundo. Permanece en el ámbito de lo inmanifiesto, es decir, en nuestro verdadero hogar. Entonces somos como la persona que finge ser pobre mientras tiene cien millones de dólares en su cuenta, con lo cual el potencial de su fortuna jamás se manifiesta.

Eckhart Tolle

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